Pocos barrios porteños tienen una historia tan errática como Puerto Madero. Todo empezó en 1882, cuando el Congreso Nacional aprobó el proyecto del empresario Eduardo Madero para construir un puerto moderno frente al centro de Buenos Aires. Las obras terminaron en 1897 y, durante un tiempo breve, el puerto de Madero fue el orgullo de una ciudad que se pensaba a sí misma como una de las capitales más pujantes del mundo.
El problema es que el proyecto quedó viejo casi de inmediato. Madero había diseñado sus diques pensando en el tamaño de los barcos de su época, y esos barcos crecieron mucho más rápido de lo que nadie anticipó. Entre 1911 y 1930 se construyó el Puerto Nuevo, más al norte, capaz de recibir embarcaciones de mayor calado, y el viejo Puerto Madero quedó relegado a un uso cada vez más marginal. Durante más de cincuenta años, los docks y los depósitos de granos que habían sido la infraestructura más moderna de Sudamérica se convirtieron en un paisaje de galpones vacíos y agua estancada, a metros del centro financiero de la ciudad.
La recuperación empezó recién en 1989, con la creación de la Corporación Antiguo Puerto Madero, una sociedad entre el Estado Nacional y la Ciudad de Buenos Aires pensada específicamente para reconvertir la zona y devolverle a Buenos Aires el acceso al río que había perdido. El plan implicó recuperar 170 hectáreas para vivienda y espacio público, y la decisión clave —la que terminó de definir la identidad del barrio— fue no demoler los viejos docks sino reconvertirlos: los depósitos de ladrillo que habían guardado granos se transformaron en lofts, oficinas y restaurantes, conservando la fachada industrial original mientras todo lo demás cambiaba de función.
El resultado, treinta y cinco años después, es un barrio que no se parece a ningún otro de Buenos Aires: torres de vidrio junto a docks de ladrillo del siglo XIX, un río que vuelve a formar parte del paisaje urbano y los valores inmobiliarios más altos de toda la región. Puerto Madero pasó de ser el símbolo de un fracaso de planificación a ser, literalmente, el barrio más caro de América Latina.





