Hay un momento del año en que Buenos Aires deja de mirar solo hacia adentro. Pasa en septiembre, durante los doce días del FIBA, el Festival Internacional de Buenos Aires, que desde 1997 viene armando el cruce de rutas más ambicioso del calendario cultural porteño: teatro, danza, performance y música de Europa, Asia y Latinoamérica compartiendo cartel con lo más relevante de la escena local.
La edición 2026, del 9 al 20 de septiembre, trae nombres que rara vez coinciden en la misma ciudad al mismo tiempo. Robert Wilson, el director estadounidense que redefinió el teatro visual del siglo XX, presenta Dorian en una producción lituana. Rachid Ouramdane, el coreógrafo francés que dirige el Théâtre National de Chaillot, trae Contre-nature. La compañía surcoreana Liquid Sound presenta KIN (Long): Proyecto Yeonhee I. Y Mapa Teatro, uno de los colectivos más importantes de la escena colombiana, cierra con La Luna en el Amazonas.
El resto de la grilla internacional profundiza esa lógica de cruce: LETTERS, de Diego Aramburo y Beatrice Fleischlin, es una coproducción entre Bolivia y Suiza; NO/MAS/SACRE, del español Reinaldo Ribeiro, y Instante, de Juan Ignacio Tula con producción francesa, completan un mapa que no reconoce fronteras entre lo "propio" y lo "importado".
En el tramo nacional, el festival funciona como una fotografía de lo mejor que está produciendo el teatro argentino en este momento: Una sombra voraz, de Mariano Pensotti; El trabajo, de Federico León; En mitad de tanto fuego, de Alejandro Tantanian; Mi joven vida tiene un final, de Pablo Rotemberg; Venado Asesino, de Maruja Bustamante; Menos detalles, de Gustavo Tarrío; y Amanuences, de Constanza Feldman, entre más de veinte producciones.
Lo que distingue al FIBA de otros festivales es que no se limita a traer espectáculos de afuera: absorbe también lo que las grandes instituciones porteñas están produciendo ese mismo mes. Este año integra el estreno mundial de Principio de éxtasis —el ballet de Goyo Montero sobre El Aleph de Borges, con música de Gustavo Santaolalla— y La ópera de tres centavos del Teatro Colón, además de Rossini Cards de Mauro Bigonzetti por el Ballet Contemporáneo del San Martín y La lluvia de fuego, de Marilú Marini.
El resultado es un festival que no se puede resumir en una sola sensibilidad ni en un solo país: es, durante doce días, el lugar donde el teatro argentino se mide contra el resto del mundo y sale, casi siempre, bastante bien parado.





