Hay que buscarla para encontrarla. En el Pasaje San Lorenzo 380, a metros de la calle Defensa, en San Telmo, la Casa Mínima ocupa apenas 3,27 metros de frente y 13 de profundidad: la fachada más angosta de Buenos Aires, encajada entre construcciones que la superan en tamaño por todos lados.
La leyenda más popular dice que la casa perteneció a un esclavo liberto, que la construyó como pudo en un terreno tan reducido que nadie más quiso. Es una historia romántica y es, según los historiadores, eso: una leyenda, no un hecho confirmado. La versión que sostiene la investigación histórica es distinta, aunque igual de reveladora del San Telmo de otro siglo.
La casa formaba parte de una casona más grande que perteneció a familias patricias como los Lezica, los Peña y los Serrano. A fines del siglo XIX, después de las grandes epidemias de fiebre amarilla, las familias acomodadas huyeron de San Telmo hacia las zonas altas de la ciudad —Barrio Norte, Recoleta— y dejaron el barrio a inmigrantes, criollos y antiguos esclavos liberados. Las casonas que habían pertenecido a una sola familia se subdividieron en conventillos, y fue en ese proceso de fragmentación que la vieja casa de los Peña quedó partida en parcelas cada vez más pequeñas. Una de esas parcelas, la más chica de todas, se convirtió en la Casa Mínima.
Hoy la casa forma parte del complejo histórico El Zanjón de Granados, que la restauró y la abrió al público como parte de su recorrido. Es, en algún sentido, el resumen físico de lo que le pasó a San Telmo entre el siglo XIX y el XX: un barrio de mansiones que, a fuerza de epidemias y migraciones, terminó subdividido hasta el límite. La Casa Mínima es ese límite, convertido en fachada.





