La historia del Palacio Barolo empieza con una obsesión que hoy sonaría delirante: Luis Barolo, un empresario textil italiano instalado en Buenos Aires, temía que los restos de Dante Alighieri corrieran peligro en la Italia fascista y quería construirles un lugar seguro del otro lado del océano. En 1918 conoció al arquitecto milanés Mario Palanti, tan fanático de Dante como él, y juntos decidieron construir no una tumba sino un edificio entero pensado como homenaje a la Divina Comedia.
La obra empezó en 1919 y se inauguró el 7 de julio de 1923. El resultado tiene 100 metros de altura —un guiño a los cien cantos del poema— y 24 plantas, entre 22 pisos y 2 subsuelos. Durante más de una década, hasta que se terminó el edificio Kavanagh en 1935, fue el edificio más alto de toda Sudamérica.
Pero la altura es lo de menos. Lo que hace del Barolo un caso único en la arquitectura porteña es que está construido como una traducción literal del poema: se divide en tres partes —Infierno, Purgatorio y Cielo— igual que la Divina Comedia. Las nueve bóvedas de la entrada representan los nueve círculos infernales. El faro que corona el edificio, hoy apagado, representaba los nueve coros angelicales del Paraíso. Cada detalle ornamental, cada número, cada proporción responde a algún pasaje del texto de Dante. No es una fachada con inspiración literaria: es un edificio-poema.
El cuerpo de Dante, por supuesto, nunca llegó. Sigue en Ravena, donde está desde el siglo XIV. Pero el Palacio Barolo quedó ahí, en plena Avenida de Mayo, como el monumento más extravagante que produjo Buenos Aires a una obsesión personal: la de dos hombres convencidos de que un poeta muerto seiscientos años antes merecía un mausoleo en el fin del mundo.





