El 10 de junio de 1829, el gobierno de Buenos Aires nombró a Luis Vernet como gobernador de las Islas Malvinas. Ese acto administrativo —aparentemente menor— marcó un precedente que aún hoy se usa como argumento de soberanía. Pero las Malvinas no son solo un reclamo diplomático. Son una herida.
Durante décadas fueron parte del tejido comercial y territorial del país. Hasta que en 1833, el Reino Unido las ocupó por la fuerza. Desde entonces, Argentina sostiene una causa que combina historia, geopolítica y emoción. En 1982, esa causa se transformó en guerra. Y en trauma. Pero también en memoria colectiva.
El 10 de junio no busca reemplazar el 2 de abril. Lo complementa. Porque no todo empezó con la dictadura, ni terminó con el regreso de la democracia. Las Malvinas son un capítulo que sigue abierto. Y que interpela a todas las generaciones.
Hoy, mientras se discute el destino del Atlántico Sur, mientras se negocian acuerdos pesqueros, y mientras los excombatientes envejecen esperando reconocimiento, conviene recordar que la soberanía no es solo un mapa. Es una decisión política. Y una forma de habitar el pasado sin resignar el futuro.
