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2 de abril de 1982

Crónica del 2 de abril de 1982: la marcha obrera del 30 de marzo, la Operación Rosario, Giachino, la Plaza de Mayo y el inicio de la guerra de Malvinas.

Abril, 2026

2 de abril de 1982

Tres días antes, Buenos Aires era otra ciudad.

El 30 de marzo de 1982, la CGT Brasil había lanzado a decenas de miles de trabajadores a las calles bajo una consigna que cabía en tres palabras: Paz, Pan y Trabajo. La columna marchó desde Avenida de Mayo y 9 de Julio hacia la Plaza de Mayo. No llegó. La policía montada, los carros hidrantes, los gases y las balas de goma la frenaron durante seis horas de enfrentamientos que dejaron más de dos mil detenidos, centenares de heridos y un muerto en Mendoza: el sindicalista José Benedicto Ortiz. Saúl Ubaldini fue preso. Adolfo Pérez Esquivel fue preso. Un grupo de Madres de Plaza de Mayo fue preso. Desde los balcones del centro, oficinistas tiraban lo que encontraban contra la policía. Algo se había roto.

Al día siguiente, la CGT emitió un comunicado que decía que el proceso militar estaba en desintegración y desbande. Reclamaba un gobierno de transición. El texto nunca se difundió. Para cuando debía salir a la luz, el país estaba hablando de otra cosa.

En la noche del 1° de abril, mientras Buenos Aires dormía con los moretones del martes todavía frescos, una flota argentina navegaba en silencio hacia el sur. El destructor ARA Santísima Trinidad, el submarino ARA Santa Fe, el rompehielos Almirante Irízar y el buque de desembarco Cabo San Antonio llevaban días en el mar, desde que habían zarpado de Puerto Belgrano el 28 de marzo simulando ejercicios navales. A bordo, soldados e infantes de marina que no sabían a dónde iban hasta que estuvieron embarcados.

La Operación Rosario — nombrada así por la Virgen, como en las Invasiones Inglesas — tenía un plan claro: recuperar las islas, izar la bandera, dejar una guarnición mínima y negociar. En la cabeza de la Junta Militar, la secuencia terminaba en una mesa de negociación, no en una guerra. Lo que había en la cabeza de la Junta Militar no coincidía con casi nada de lo que iba a pasar después.

Cerca de las once de la noche del 1° de abril, los primeros buzos tácticos tocaron la costa de las Malvinas. Bernardo Schweizer y Carlos Cequeira, un teniente de corbeta y un cabo principal de 27 años, fueron los primeros argentinos en pisar las islas. Cequeira, que llevaba las patas de rana puestas, cayó de espaldas sobre la arena al salir del kayak. No había nadie esperándolos. Solo el viento, la turba mojada y una llovizna fina.

A las 6:15 de la mañana del 2 de abril, los vehículos anfibios salieron de la panza del Cabo San Antonio. A las 6:30 tocaron tierra firme. La pista del aeropuerto de Puerto Argentino estaba bloqueada con camiones, tractores, escombros, un ómnibus, máquinas viales: veintitrés obstáculos que los isleños habían puesto para dificultar el aterrizaje. A las 7:30, el aeropuerto estaba tomado. A las 8:45, el primer Hércules C-130 aterrizó con tropas desde Comodoro Rivadavia.

Mientras tanto, el capitán de corbeta Pedro Giachino lideraba una patrulla de dieciséis comandos anfibios hacia la casa del gobernador británico Rex Hunt. La orden era lograr la rendición sin causar bajas. Giachino tenía 34 años, era mendocino, descendiente de piamonteses, casado con dos hijas chicas. Rodeó la casa con sus hombres e intimó la rendición. Los británicos abrieron fuego. Giachino avanzó igual. Un proyectil le atravesó la arteria femoral. Murió horas después en el hospital de Puerto Argentino. Fue el primer argentino muerto en Malvinas. La guerra todavía no había empezado.

A las 9:30, Hunt se rindió. Al mediodía, en una ceremonia frente a la gobernación, se arrió la bandera británica y se izó la argentina. Era la primera vez en 149 años.

En Buenos Aires, la noticia llegó por la radio.

Cerca de las siete de la mañana, las emisoras empezaron a repetir el comunicado de la Junta Militar: las Fuerzas Armadas habían recuperado las Islas Malvinas. El comunicado hablaba de una operación exitosa, de patrimonio nacional, de destino histórico. Las radios intercalaban marchas militares. La televisión, controlada por el gobierno, amplificaba cada palabra a través de ATC y su noticiero 60 Minutos, el único canal con corresponsal propio en las islas: Nicolás Kasanzew.

Lo que pasó después fue extraño y contradictorio, como casi todo en la Argentina de 1982.

La gente salió a la calle. Miles se fueron juntando en la Plaza de Mayo, la misma plaza que tres días antes había sido un campo de batalla entre trabajadores y policías. Ahora la ocupaban familias, jóvenes con banderas, gente que cantaba el himno. Algunos habían ido solos, empujados por algo que no sabían bien qué era. Otros fueron llevados — se habló de colectivos organizados por las Fuerzas Armadas, de personal militar de civil mezclado entre la multitud. Probablemente hubo de todo: fervor genuino, operación política y una zona gris enorme en el medio.

Galtieri salió primero por la puerta de la Casa Rosada, no por el balcón. Se lo veía tenso, incómodo. No sabía hablarle a una multitud civil; sabía dar órdenes a la tropa, que es otra cosa. Después subió al balcón. La plaza le cantaba como una cancha de fútbol. Algunos gritaban vivas a la Marina, otros simplemente agitaban banderas. No había, en los registros de ese día, consignas contra la dictadura. El 30 de marzo quedaba lejos. O eso parecía.

Por la tarde, Galtieri habló por cadena nacional. Dijo que el 2 de abril marcaba un jalón trascendente en la historia argentina. Habló de 150 años de despojo. Habló de diálogo con los adversarios. Dijo — y esto se le iba a volver en contra con la fuerza de un boomerang atómico — que si querían venir, que vinieran, que les presentaría batalla.

Margaret Thatcher quiso venir. Al día siguiente, el Parlamento británico autorizó el envío de una flota al Atlántico Sur.

El 2 de abril de 1982 duró un solo día, pero contuvo varios países adentro. Estuvo el país que celebraba la recuperación de un territorio usurpado en 1833, con razón histórica y emoción legítima. Estuvo el país que no terminaba de entender que la misma dictadura que tres días antes le había roto la cabeza a los trabajadores ahora le pedía que saliera a festejar. Estuvo el país que intuía, sin poder formularlo, que algo iba a salir muy mal. Y estuvo el país que prefería no pensar en eso.

Setenta y cuatro días después, la guerra terminó con la rendición argentina. Habían muerto 649 soldados argentinos — muchos de ellos pibes de dieciocho, diecinueve años, colimbas que no eligieron estar ahí. Murieron 255 británicos y 3 civiles isleños. La dictadura no sobrevivió a la derrota. El reclamo sobre las islas, sí.

Hoy, 2 de abril, es el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. Feriado nacional inamovible desde el año 2000. Es un día para los 649 que no volvieron, para los veteranos que volvieron y tuvieron que reconstruirse en un país que durante años les dio la espalda, y para una causa que sigue abierta, que sigue siendo justa, y que ya no admite atajos.

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