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La ciudad que se fundó dos veces

Buenos Aires se fundó en 1536 y fracasó. En 1580 se fundó de nuevo, con un acta que se perdió. La historia de Mendoza, Garay y una ciudad que nació sin papeles.

Marzo, 2026

La ciudad que se fundó dos veces

Buenos Aires se fundó dos veces. La primera vez, en febrero de 1536, duró cinco años y terminó con los propios habitantes prendiendo fuego lo poco que quedaba antes de irse. La segunda vez, en junio de 1580, un tipo llamado Juan de Garay desenvainó la espada, cortó unas hierbas, preguntó si alguien se oponía y, como nadie dijo nada, dio por fundada la ciudad. El acta de ese momento —el certificado de nacimiento de Buenos Aires— se deterioró tanto que apenas catorce años después ya no se podía leer. Tuvieron que copiarla de apuro antes de que se perdiera del todo.

Hay ciudades que nacen con un plan. Buenos Aires nació de la improvisación, el hambre y la terquedad.

Pedro de Mendoza tenía 34 años, sífilis y una fortuna que estaba dispuesto a quemar entera. Había conseguido del rey Carlos I el título de Primer Adelantado del Río de la Plata, que sonaba imponente pero significaba básicamente: andá, conquistá, pagá vos. La Capitulación de Toledo, firmada en mayo de 1534, le encomendaba conquistar y poblar unas tierras de las que nadie en España sabía demasiado. Lo que sí sabían —o creían saber— era que por ahí andaba la Sierra de la Plata, un lugar mítico donde la riqueza brotaba del suelo. El nombre del río ya lo prometía. Plata que, por supuesto, no había.

Armó una flota impresionante: catorce naves, más de mil quinientos tripulantes, caballos andaluces de la mejor genética. Zarpó de Sanlúcar de Barrameda en agosto de 1535. Llegó al estuario del Plata el 2 de febrero de 1536 —algunos historiadores dicen que fue el 3, porque ni siquiera en eso hay acuerdo— y estableció el Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire.

Decir "fundó" es generoso. No hubo ceremonia, ni acta, ni pompa. El cronista bávaro de la expedición, Ulrich Schmidl, lo anotó con la sequedad del que registra lo que ve: levantaron ranchos de barro y paja, rodeados por un muro de tierra de dos metros de alto. Un fuerte precario en el borde del Riachuelo. Nada más.

Los querandíes, que habitaban la zona, primero trajeron comida: carne y pescado. Después dejaron de traerla. La relación se pudrió rápido, como se pudría todo en ese campamento.

Lo que siguió fue un desastre. Hambre. Enfermedad. Peleas internas. Mendoza mandó a su hermano Diego con trescientos hombres a buscar víveres río arriba. Los querandíes los esperaron cerca del río Luján. Murieron treinta y ocho españoles, entre ellos el hermano y el sobrino del adelantado. Del otro lado, más de mil indígenas. Nadie ganó nada.

Después vino el incendio. Cuatro tribus rodearon el campamento y le prendieron fuego. Las casas de paja ardieron en minutos. Solo se salvó la de Mendoza, que era de tejas —el único privilegio del jefe—. Los cañonazos hicieron retroceder a los atacantes, pero el daño ya estaba hecho. La gente se refugió en los barcos.

Isabel de Guevara, una de las mujeres de la expedición, dejó una carta que describe esos días. Ella curando heridos, lavando ropa, cocinando, sosteniendo lo que quedaba mientras los hombres se morían. Uno de los pocos testimonios femeninos de la conquista del Río de la Plata.

Mendoza, enfermo y derrotado, emprendió la vuelta a España. No llegó. Murió en alta mar el 23 de junio de 1537. Su cuerpo fue arrojado al agua. El adelantado se fue como había llegado: sin dejar nada firme.

Lo que sí dejó, sin proponérselo, fue un legado inesperado. Al huir, los españoles abandonaron siete caballos y cinco yeguas. Cuarenta y cuatro años después, cuando volvieron, los baguales habían tomado la pampa. Millones de caballos salvajes pastando donde antes no había ninguno. Buenos Aires no pudo retener a sus fundadores, pero multiplicó sus caballos.

En 1541, el gobernador Irala ordenó abandonar definitivamente el fuerte y trasladar a los sobrevivientes a Asunción. Los propios habitantes destruyeron lo que quedaba antes de irse. Primera fundación de Buenos Aires: duración, cinco años. Resultado: nada. Ni siquiera sabemos dónde fue. Desde 1989 se busca el sitio original: Parque Lezama, La Boca, San Telmo, Parque Patricios. No apareció nada concluyente. Una de las grandes ciudades de América Latina no sabe dónde nació por primera vez.

Cuarenta y cuatro años son muchos. En ese tiempo Asunción creció, se fundaron ciudades río arriba, y alguien tuvo que decir lo obvio: había que volver al Plata. El que lo dijo —y lo hizo— fue Juan de Garay.

Garay era español, probablemente de Burgos o Vizcaya, pero había llegado a América a los quince años. Era un hombre práctico. Ya había fundado Santa Fe en 1573, así que tenía oficio en eso de crear ciudades donde no había nada. Su obsesión era lo que él llamaba "abrir las puertas de la tierra": conectar el interior con el Atlántico, darle al Río de la Plata una salida al mundo.

El problema era convencer a la gente. Buenos Aires no tenía buena prensa. No había oro, no había plata, y el antecedente de Mendoza era un cuento de terror. Garay ofreció lo que podía: tierras, encomiendas de indios y, sobre todo, caballos. Los baguales que los españoles habían abandonado cuatro décadas antes eran ahora la moneda de cambio. Aun así, Garay escribió con cierta frustración que no habían podido atrapar ninguno porque la tierra era tan llana que no había forma de armar corrales.

Se anotaron sesenta hombres, casi todos jóvenes, criollos y mestizos. También iba una mujer con derecho de vecindad: Ana Díaz, viuda, que no quería separarse de su hija casada con uno de los expedicionarios. Y centenares de guaraníes que la historia oficial tardó siglos en reconocer como cofundadores.

Partieron de Asunción el 9 de marzo de 1580. Garay iba en la carabela Cristóbal Colón. Por tierra avanzaba un arreo de hacienda al mando de su sobrino Alonso de Vera, apodado "Cara de Perro". Buenos Aires ya empezaba con buenos nombres.

Fondearon en el Riachuelo el 29 de mayo. Era domingo de la Santísima Trinidad. No hacía falta pensar mucho para elegir el nombre de la nueva ciudad.

El 11 de junio de 1580, Garay hizo lo que Mendoza nunca hizo: una fundación en regla. Plantó una cruz donde iría la Iglesia Mayor —hoy la Catedral Metropolitana, frente a la Plaza de Mayo—. Designó alcaldes y regidores. Enarboló un palo como árbol de justicia y advirtió que quien lo tocara sería condenado a muerte. Desenvainó la espada, cortó hierbas, tiró cuchilladas al aire. Preguntó si alguien se oponía. Nadie dijo nada.

Buenos Aires quedó fundada. Esta vez con acta, con espada, con testigos. Con nombre doble: Ciudad de la Santísima Trinidad para el asentamiento, Puerto de Santa María de los Buenos Ayres para el puerto. Con el tiempo, ganó el nombre del puerto. Siempre gana el puerto en esta ciudad.

Hasta el santo patrono fue complicado. En octubre de 1580 sortearon al patrón sacando papelitos de un sombrero. Salió San Martín de Tours. Les disgustó: un santo francés, extranjero. Repitieron. San Martín de Tours. Lo repitieron una tercera vez. San Martín de Tours. Garay aceptó la suerte. Buenos Aires no elige a sus santos; sus santos la eligen a ella.

Y después está el acta. O lo que queda.

El documento original de 1580 se deterioró tan rápido que en 1594 —apenas catorce años después— el gobernador Zárate mandó a transcribirlo porque ya no se podía descifrar. Lo que conocemos como Acta de Fundación de Buenos Aires no es el original. Es una copia certificada por el escribano Mateo Sánchez, que dejó constancia de que la ciudad se pobló y fundó el año de 1580, el 11 de junio.

Pero ni siquiera hay acuerdo sobre qué es ese documento. Algunos historiadores sostienen que lo que se conserva no es el acta de fundación sino el acta de repartimiento de solares y chacras entre los pobladores. La fundación y el reparto de tierras: dos cosas distintas que Buenos Aires mezcló desde el primer día.

De la primera fundación no hay acta, no hay ceremonia registrada, no hay fecha segura. De la segunda, hay una copia deteriorada de un texto que tal vez no sea lo que dice ser. Buenos Aires nació sin papeles o con los papeles equivocados. Hay algo profundamente porteño en eso.

Borges lo entendió mejor que nadie. En 1929, en Cuaderno San Martín, publicó "Fundación mítica de Buenos Aires" y resolvió la cuestión con la elegancia de quien no necesita archivos ni escribanos. Llevó la fundación a una manzana de Palermo —Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga— y cerró declarando a la ciudad tan eterna como el agua y el aire.

Tenía razón. Las fundaciones son relatos. Buenos Aires tuvo dos y no le alcanzó con ninguna, así que se inventó una tercera: la de cada persona que llega, se queda y decide que esta ciudad, con todo, es suya.

Mendoza la soñó. Garay la fundó. Borges la inventó. Y la ciudad, como siempre, hizo lo que quiso.

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