Hay una ciudad debajo de la ciudad. No es metáfora — o sí, pero antes de ser metáfora es ladrillo, bóveda, tierra apisonada, humedad.
Debajo de la Manzana de las Luces, en el corazón más viejo de Buenos Aires, existe una red de túneles que nadie terminó de explicar. No se sabe con certeza quién los construyó. No se sabe exactamente cuándo. No se sabe para qué. Tres preguntas básicas, las mismas que haría un chico de primaria, y trescientos años después seguimos sin respuestas definitivas.
Lo que sí se sabe es poco y está lleno de grietas. Los túneles corren debajo de la manzana delimitada por las calles Perú, Alsina, Bolívar y Moreno. Conectaban — o intentaban conectar — la iglesia de San Ignacio con el Cabildo, el antiguo Fuerte, el río. Tal vez con otras iglesias. Tal vez con casas de funcionarios. La palabra clave es "tal vez". El subsuelo de Buenos Aires es un territorio donde las hipótesis le ganan cómodo a los hechos.
Las teorías
La primera y más repetida dice que fueron obra de los jesuitas. La Compañía llegó a Buenos Aires en 1608, se instaló en lo que hoy es la Manzana de las Luces hacia 1661 y durante un siglo levantó allí iglesia, colegio, procuraduría, farmacia, residencia. En Córdoba construyeron túneles. En Lima también. Tenían la costumbre y tenían los recursos. Cuando Carlos III los expulsó en 1767, dejaron atrás un entramado de edificios y, aparentemente, un entramado subterráneo. Nadie les pidió explicaciones; nadie dejó un plano.
La segunda teoría es militar. Refugios contra corsarios, contra ataques indígenas, contra lo que viniera desde el río. Buenos Aires era un pueblo chico y expuesto, con más miedo que murallas. Un sistema de galerías permitiría mover gente, esconder armas, guardar víveres. Suena razonable. Pero la historiadora Ruth Tiscornia planteó un problema incómodo: si los túneles eran defensivos, ¿por qué ningún virrey los mencionó jamás en sus planes estratégicos? ¿Por qué durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 nadie los usó?
La tercera es la del contrabando. Buenos Aires no podía comerciar libremente con puertos de ultramar; la Corona lo prohibía. Los túneles habrían servido para mover mercancía entre el Fuerte, la Aduana y el río sin pasar por la superficie. Tiscornia, de hecho, se inclinaba por esta versión: las galerías apuntaban hacia el Fuerte y hacia la Aduana. Donde hay prohibición, hay camino alternativo. Donde hay camino alternativo, hay alguien tapándolo con tierra.
La cuarta es la más vistosa: masones, logias, sectas. Buenos Aires fue un hervidero de sociedades secretas en los siglos XVIII y XIX. ¿Usaron los túneles? Posiblemente. ¿Los construyeron? Improbable. Pero la idea de pasadizos ocultos y reuniones clandestinas a la luz de antorchas es demasiado buena para la imaginación porteña como para dejarla ir.
Y después está la posibilidad más prosaica de todas, la que los arqueólogos repiten con paciencia: que parte de lo que llamamos "túneles" no sean túneles. El subsuelo del centro histórico está lleno de aljibes, cisternas, cloacas coloniales, desagües de Obras Sanitarias. Daniel Schávelzon, que dirigió el Centro de Arqueología Urbana y escribió más que nadie sobre el tema, dedicó años a separar túneles reales de confusiones. No siempre se lo escuchó.
Un estudiante con una linterna
En abril de 1912, durante la construcción de una sala de dibujo para la Facultad de Ciencias Exactas, el piso se hundió a la altura de Perú al 200. Debajo apareció un tramo de galerías abovedadas, intactas.
Héctor Greslebin era un estudiante de arquitectura. Tenía la curiosidad y la obstinación que hace falta para meterse en un agujero con una linterna y no salir hasta tener un relevamiento. Entre 1912 y 1920 exploró los túneles, los clasificó en tramos — A, B, C, D —, levantó planos, tomó las únicas fotografías que existirían durante décadas. Usaba dos entradas: una bajo el Colegio Nacional Buenos Aires, otra en los sótanos del Museo de Historia Natural de la calle Perú 208.
Greslebin fue el primero en estudiar los túneles con método. Y también el primero en ser ignorado por las instituciones. Su libro tardó casi cuarenta años en publicarse. Las autoridades municipales crearon comisiones, pidieron informes, y después siguieron adelante con las obras de infraestructura que iban destruyendo el subsuelo colonial pedazo a pedazo.
Antes de Greslebin, en 1893, el naturalista Burmeister había hecho un relevamiento más precario. Antes de Burmeister, la Gaceta Mercantil había publicado en 1848 una nota sobre galerías descubiertas bajo la calle Potosí — hoy Alsina — que cruzaban San Ignacio. Antes de la Gaceta, silencio. La ciudad creció sin saber que tenía un doble debajo.
Los que bajaron después
En 1980 se descubrieron nuevos tramos sobre la calle Perú, cubiertos de tierra, datados entre fines del siglo XVII y principios del XVIII. El hallazgo renovó el interés por un rato. En junio de 2023, durante obras de restauración en el patio de la Manzana de las Luces, aparecieron estructuras sanitarias de los siglos XVIII y XIX, restos de vajilla, objetos. Cada vez que alguien cava, algo sale.
A fines de 2025, los túneles volvieron a abrirse al público después de un largo cierre por restauración. Se visitan los sábados y domingos, en grupos de hasta seis personas, quince minutos, con turno previo. No se recorren: se miran desde un mirador. Es poco. Pero bajar unos metros y asomarse a una galería oscura que lleva ahí más de doscientos años produce un efecto difícil de explicar. Es como espiar el sueño de alguien que no conocés.
La Buenos Aires de abajo
Sábato lo entendió. En Sobre héroes y tumbas, Fernando Vidal Olmos baja a las cloacas y los túneles de Buenos Aires persiguiendo ciegos, conspiraciones, el mal. El "Informe sobre ciegos" es una pesadilla paranoica, pero su potencia viene de algo real: la ciudad tiene un piso falso. Caminamos sobre capas de cosas que no vemos.
Marechal también bajó, a su manera, en Adán Buenosayres. Y Caras y Caretas, que a principios del siglo XX dedicó varias notas a los subterráneos, les imprimió ese tono entre asombro y morbo que Buenos Aires reserva para todo lo que está oculto.
Porque eso es lo que fascina de los túneles: no lo que son, sino lo que no sabemos. La incertidumbre es el verdadero material de construcción. Si mañana alguien encontrara un documento jesuita con planos, fechas y razones, los túneles perderían la mitad de su encanto. Son interesantes porque nadie puede cerrar la conversación.
Buenos Aires es una ciudad que se piensa horizontal, extendida, chata. Pero tiene profundidad. Debajo del microcentro, debajo del ruido y las veredas rotas y los edificios de oficinas, hay galerías de ladrillo del siglo XVIII que no van a ningún lado — o que iban a algún lado que ya no existe. El Fuerte fue reemplazado por la Casa Rosada. La Aduana colonial desapareció. El río se alejó. Los puntos de llegada se borraron, pero los caminos siguen ahí.
Quizás eso sea lo más porteño de todo. Una ciudad que construyó pasadizos secretos y después se olvidó de para qué eran. Que tiene respuestas enterradas a dos metros de profundidad pero prefiere las preguntas.






