28 de junio. No es una fecha de moda ni un día de colores bonitos. Es un grito con historia. Se recuerda la Revuelta de Stonewall, en Nueva York, en 1969, cuando un grupo de personas del colectivo LGBTIQ+ dijo basta. Esa noche no se dejó pasar el abuso policial. Esa noche empezó el movimiento moderno por los derechos LGBTIQ+ en el mundo.
En Argentina, la lucha tiene su propio recorrido. Desde los primeros grupos en los 70, perseguidos por la dictadura, hasta la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario (2010) y la Ley de Identidad de Género (2012), el camino fue —y sigue siendo— una conquista cotidiana.
El Día del Orgullo no es una fiesta vacía ni una foto en redes. Es una oportunidad para visibilizar, exigir y celebrar. Para recordar que hay cuerpos y deseos que siguen siendo marginados. Para entender que la libertad no es individual, es colectiva.
Y también para agradecer: a quienes abrieron la marcha cuando todo era oscuridad, a quienes hoy militan desde el aula, el arte o el activismo. Porque el orgullo no se pide: se toma.
