Antes de ser el pintor de las pinturas negras, del 3 de mayo y de los desastres de la guerra, Francisco de Goya pasó quince años haciendo un trabajo mucho menos sombrío: diseñar escenas de la vida cotidiana madrileña para que se tejieran en tapices destinados a decorar los palacios de la familia real española. Lo llamó a ese trabajo el pintor Anton Rafael Mengs, en 1775, para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, y de ahí salió una serie de "cartones" —los diseños previos al tejido— que hoy se cuentan entre las obras más queridas y menos trágicas de toda su producción.
Dos de esos tapices, tejidos en lana y seda a partir de esos cartones, llegan ahora al Museo Nacional de Bellas Artes en la muestra Goya en Buenos Aires. Tapices de las Colecciones Reales de España, que se inaugura el 22 de septiembre. Es la primera vez en la historia de ambas piezas que salen de la península ibérica, y la primera vez que las Colecciones Reales españolas prestan obras a Sudamérica.
La gallina ciega, que mide 289 x 350 cm, retrata el clásico juego de la ronda con los ojos vendados: el cartón original, parte de la serie número 6, fue pensado en 1788 para el Dormitorio de las Infantas del Palacio de El Pardo, y hoy el tapiz forma parte de la Galería de las Colecciones Reales. La cometa, de 281 x 278 cm, muestra a un grupo disfrutando de una tarde de barriletes: pertenece a la serie 2, se diseñó en 1777 para el comedor del mismo palacio, y el tapiz vive habitualmente en el Palacio Real de Aranjuez.
Lo que hace especial a esta serie de cartones dentro de la obra de Goya es justamente su tono. Son escenas de ocio popular —juegos, meriendas, romerías— pintadas con una luminosidad y una ligereza que contrastan con el Goya que la mayoría conoce: el de los horrores de la guerra napoleónica, el de los monstruos y las brujas de sus últimos años. Estos tapices pertenecen a un Goya joven, todavía cortesano, que observaba las costumbres populares madrileñas con una curiosidad casi etnográfica, sin la amargura que definiría su obra posterior.
Que estas dos piezas crucen el océano por primera vez en más de dos siglos de existencia es, en sí mismo, un acontecimiento museológico poco frecuente. La muestra se puede visitar desde el 22 de septiembre en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. del Libertador 1473, Recoleta).







