Durante casi cincuenta años, un ropero de la Casa Azul de Coyoacán permaneció cerrado por orden de Diego Rivera, que pidió que no se abriera hasta quince años después de su muerte. Cuando finalmente se abrió, en 2004, lo que apareció no fueron bocetos ni cartas de amor sino algo más íntimo todavía: los trajes tehuanos, los corsés ortopédicos, la joyería y los cosméticos con los que Frida Kahlo construyó, día a día, la imagen que el mundo terminó conociendo como suya.
Viva Frida, la muestra que el Malba presenta hasta el 15 de marzo de 2027 como eje de su 25° aniversario, parte exactamente de ese hallazgo. Es una exposición que reúne pinturas de peso —el Autorretrato con chango y loro (1942) de la propia colección del museo, Diego y yo (1949), su último autorretrato antes de morir y la obra que en 2021 batió el récord de subasta para arte latinoamericano, y la litografía Sin título (El aborto) (1932)— y las pone a dialogar con algo que rara vez ocupa el centro de una muestra sobre Kahlo: la indumentaria que usó para construir su propia imagen, un lenguaje tan deliberado como cualquiera de sus cuadros.
La curadora Circe Henestrosa, con asesoría de Gannit Ankori, arma el recorrido alrededor de una tesis que cambia la forma de mirar a Kahlo: su adopción del traje tehuano, con raíces en la cultura matriarcal de Oaxaca, no fue un capricho estético sino una declaración política, un modo de reivindicar una identidad mexicana anclada en lo indígena y lo popular frente al eurocentrismo de la época. Al mismo tiempo, esa misma ropa cumplía una función que rara vez se menciona: ocultar y negociar el dolor. Las faldas largas escondían las secuelas de la poliomielitis infantil y del accidente de tranvía que sufrió a los 18 años; los corsés ortopédicos, que en la muestra se exhiben junto a las pinturas, no eran accesorio sino prótesis convertida en estética. El vestido, en Kahlo, funcionaba a la vez como armadura y como argumento.
La muestra se completa con un fondo documental que perteneció a Raquel Tibol, crítica de arte y amiga cercana de Frida, con fotografías, cartas y objetos personales que agregan una capa biográfica a la lectura material de la ropa. El resultado es un retrato que no separa la vida de la obra —algo que con Kahlo casi nunca tiene sentido separar— sino que muestra cómo una mujer que pasó buena parte de su vida entre cirugías convirtió cada elección de vestuario en una forma de autoría.
Que estas piezas lleguen por primera vez a Sudamérica, veinte años después de haber salido a la luz en la Casa Azul, es en sí mismo un acontecimiento. Viva Frida está organizada por la Semana de la Alta Costura Argentina (SAC) y el Museo Frida Kahlo de México, bajo la dirección de Elina Costantini, en el Nivel 2 del Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415, Palermo), con visitas guiadas los miércoles, viernes y sábados a las 17 h.
Más información sobre la muestra, en Viva Frida.






