Medellín, 1935. Un avión cae y con él se apaga la voz más emblemática del tango. Carlos Gardel, el Zorzal Criollo, muere a los 44 años y se convierte, de inmediato, en mito. La noticia sacude Buenos Aires, Montevideo, París y todo el mundo hispano. Pero sobre todo, deja una herida cultural que nunca cerró.
Gardel no fue solo cantante. Fue la síntesis de una época, la cara visible de una Buenos Aires moderna, sentimental y universal. Convirtió al tango en exportación, a la nostalgia en arte, a la Argentina en melodía. Su sonrisa quedó impresa como emblema de una identidad en construcción.
Desde entonces, el 24 de junio no es solo una fecha, es un ritual. Las flores en su tumba, la foto en el almacén, la frase “cada día canta mejor”. Gardel no envejece. Porque la leyenda, cuando pega fuerte, no se oxida.
