En 1933, el Cabildo de Buenos Aires fue declarado Monumento Histórico Nacional. Ya no tenía sus diez arcos originales, mutilados por avenidas que pretendían modernizar sin recordar. Pero seguía en pie.
En tiempos de demoliciones frenéticas, de edificios que desaparecen sin duelo, esa ley fue una forma de decir: hasta acá. El Cabildo, con su fachada blanca y su reloj impasible, no solo es un ícono patrio: es la memoria hecha ladrillo. Testigo de la Revolución, del olvido, del intento de borrarlo, es el edificio que la ciudad no logró desalojar de su historia.
Cada vez que lo miramos entre colectivos y turistas, algo en nosotros recuerda que la historia no siempre se preserva con bronce. A veces, se sostiene con grietas. Y el Cabildo —desarmado y sobreviviente— es prueba de eso.
