La historia argentina no se puede contar sin el campo. Desde los primeros cultivos en los márgenes del río Paraná hasta la exportación masiva de granos y carnes que definió el perfil económico del país, la agricultura fue —y es— uno de los pilares sobre los que se construyó la Nación. Cada 2 de julio, en conmemoración de la creación del Instituto Agronómico-Veterinario de Santa Catalina en 1883, se celebra el Día de la Agricultura Nacional.
No es solo una fecha para el calendario rural: es un recordatorio del rol fundamental que la tierra, los trabajadores agrarios y la innovación agropecuaria tuvieron (y tienen) en la vida del país. Desde la tradición del arado hasta los actuales desafíos del cambio climático, la agricultura atraviesa la cultura, la economía y el futuro argentino.
En Buenos Aires, aunque el cemento domine el paisaje, las raíces agrarias están por todas partes. En las ferias, en las cooperativas, en las universidades, en los productos frescos del conurbano y en las migraciones internas que trajeron al obrero rural al corazón de la ciudad.
Recordar el 2 de julio es, también, recordar que hubo un país que se pensó a sí mismo desde el surco, desde la cosecha, desde el campo abierto. Y que, en muchos sentidos, aún lo hace.
